OSCAR SCAGLIONI (1927-2008)

El hombre, el imperio de la voz, el maestro

 

Por ERNESTO RODRÍGUEZ

Muchas veces, cuando llegamos a una edad mediana, nos aborda la inquietud punzante de preguntas que nos sofocan la existencia y que dan dirección a los actos y  fines del resto de nuestras vidas.  Son preguntas tales como: ¿qué pensará la gente cuando nos toque dejar este mundo? ¿Qué se dirá de nosotros? ¿Cómo nos recordarán? Estas preguntas hacen que nuestras acciones hacia los demás sean más meditadas, cuando uno se adentra en el otoño de la vida.

Recientemente me tocó despedir a don Oscar Scaglioni, y pensaba en todo lo que un solo hombre puede llegar a influir en la mente y los corazones de la gente. Llegué tarde por razones laborales y entré a la iglesia cuando ceremonia religiosa iba por el "Santo". De primer momento llamaba mucho la atención el grupo de cantantes que con la fuerza emotiva de sus voces daban al maestro el ultimo adiós.  Era un  grupo musical improvisado y reunido de momento para la ocasión que engalanaban de melodías el acontecimiento y que hacían uso de los mejores recursos técnicos vocales recibidos en la cátedra. Aunque un poco descoordinado el asunto, se podía entre ver en la línea melódica el rugir profundo que emanaba del propio corazón de cada uno de ellos; no faltaba en el conjunto de voces la sonrisa acústica, la caricia dulce del timbre vocálico que trataba de confortar el cuerpo inerte y el alma etérea. Llegábamos a la comunión y me seguían sobreviniendo ideas y remembranzas de don Oscar, quien seguramente estaría poniendo orden en lo musical y ajustando posiciones técnicas a todos y cada uno de sus discípulos y amigos que cantaban en ese momento especialmente para él. Porque así era el maestro Scaglioni y su relación con el arte lírico, con la pedagogía del canto.  “¡Ma puta... Canta por encima de la flema!”. Pasaron muchos años antes de poder entender por completo la imagen pedagógica; pero para él, con la experiencia de años compartiendo con grandes luminarias líricas de su tiempo, el canto era sencillo, no se aprendía, simplemente se debía vivirlo, dejarlo fluir por la carne y la mente; dejarlo existir para el momento efímero de la interpretación artística.  Unido a eso, hay que destacar que para don Oscar cantar y enseñar canto  era lo mismo; lo abordaba con la misma pasión, con el mismo compromiso con  el arte, con la misma intensidad con que afrontaba un aria, una canción o un personaje. 

Para mi primera clase de canto me enfrenté a una estampa que ha quedado fija en mi mente: cejas pobladas, nariz prominente, cabello color sabiduría, ojos grandes y entrecerrados, que le daban a don Oscar una expresión intimidante para un joven guanacasteco de diecinueve años que viajaba cuatro horas desde Liberia para recibir esas clases. Sin embargo, era difícil no sentir la emoción por el canto al escuchar al maestro proponer un ejercicio técnico, siempre timbrado y resonante; siempre con la intención  emocional activa. Y cuando la cosa no iba como lo esperado, se venía  la tormenta: rayos y truenos. Pero al final, cuando la angustia dibujaba en mi cara las marcas del desazón, recibía el refrescante brillo dorado que centelleaba desde su boca. Bueno... Eso era posible si la Liga andaba bien en su juego.

¿Cómo me recordará la gente cuando yo no esté? No sé siquiera si me llegarán a recordar, pero lo cierto es que uno puede ver vidas como la de don Oscar Scaglioni y sentir esperanza de que cuando se hacen las cosas con pasión y honestidad no hay que preocuparse por preguntas angustiantes.  Las cosas serán, como han sido siempre; por algunos será uno incomprendido, por otros muchos respetado y querido; así son las cosas en vida y así serán en el recuerdo. 

... En mi recuerdo: Oscar Scaglioni el hombre, el imperio de la voz, EL MAESTRO.